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miércoles, 30 de marzo de 2016

"Theeb: Sendero de valor ", devoción de buen cine

Hay que ser convidado de piedra para no emocionarse ante la magnífica y sensible película jordana con el título de Theeb: Sendero de valor (2014), dirigida por Naji Abu Nowar. Ver una película jordana en Costa Rica es una sorpresa. Además, darse cuenta de la altísima calidad del filme es multiplicar ese asombro por sí mismo. Su director, de origen jordano, nació en el condado de Oxfordshire, Inglaterra, pero a los 10 años fue llevado a Jordania. Allí reside, en Ammán, capital jordana. 
Excelente el joven actor Jacir Eid Al-Hwietat

El filme es la historia de un muchacho, dura y poética a la vez, donde el bien y el mal se juntan en un solo rostro del todo indescifrable, según los personajes que aparecen ante la mirada activa del jovencito. Este adolescente se ve obligado por los hechos a convertirse en hombre. Le sucede más pronto de lo previsto. La historia de Theeb se ubica allá, donde la vida humana es mínima figura, en 1916, Arabia, con presencia distante y cercana a la vez de la Primera Guerra Mundial. Theeb y su hermano Hussein son beduinos nómadas, parte de una pequeña tribu perdida del imperio otomano. La vida quieta, en perfecta armonía con la naturaleza seca de los desiertos, se altera para dichos hermanos cuando, por amabilidad tribal, deben guiar hasta un pozo cercano a dos sujetos que no conocen, uno de ellos es inglés. La ruta es peligrosa: hay asaltantes otomanos, hay ingleses en la construcción de un tren y hay jóvenes revolucionarios que se enfrentan al imperio inglés. El tren es símbolo de un progreso que cambiará el modo ancestral de vida de los habitantes. Con grandeza estética, cercana al género del Oeste o de vaqueros, con camellos en lugar de caballos, la película no abandona los rasgos del mejor cine intimista y se ubica en el arte de la tragedia: ¿hasta qué grado de fatalidad puede llegar un primer acto de generosidad humana? Excepto por el inglés Jack Fox, en este filme no hay actores profesionales. Es parte de la convicción de la película y de su devoción por ser cine de gran sensibilidad.

domingo, 27 de marzo de 2016

"Batman vs. Superman: El amanecer de la justicia"

Es curioso ver cómo un filme comercial divide tanto a críticos de cine entre sí como a seguidores de los superhéroes. Esto sucede ahora con la película Batman vs. Superman: El amanecer de la justicia (2016), bajo la dirección de un habitual: Zack Snyder. Él solito, Snyder pone la mira en su éxito anterior, El hombre de acero (2013), y echa a rodar más la bola. Los productores le exigen una película que sea un taquillazo, y Zack Snyder los complace. El filme viene precedido de una intensa, mediática y manipuladora gestión publicitaria. Batman vs. Superman: El amanecer de la justicia tiene algo que el director Snyder pasó por alto con su filme anterior. Esta vez, desde el guion, hay deseos de desarrollar mejor ciertas situaciones dramáticas y, por eso mismo, de enriquecer los diálogos. Igual, se mejora el diseño de los personajes.Por eso, de manera abierta o solapada, la película cuestiona sobre la necesidad humana de apoyarse en seres superiores que nos protejan: en dioses. Por eso, los superhéroes se ven ante el dilema de comportarse como divinidades o de semejarse a ellas. El filme tiene imágenes que nos refieren a estampas de la creencia cristiana, sobre todo con la figura de Superman, especie de Mesías. Superman es alegoría de Jesús en más de un encuadre. Por supuesto, igual hay montones de secuencias de puro choque visual con destrucción de edificios, fuertes reyertas, pelotera de planos y hasta ridículos momentos con besos y palabras cursis de amor de pareja. Incluso, Batman es medio fascista, pero la película se permite un bien logrado proceso dramático de los personajes: ellos cambian con los acontecimientos. Las actuaciones de los principales deja bastante que desear: Ben Affleck y Henry Cavill no expresan bien las variables del relato ni los traumas de sus aventuras, siempre están de una sola pieza. Es desastroso el accionar de Jesse Eisenberg como el villano Lex Luthor: sobreactuado. Igual de despistada es la música del filme; pero no así la fotografía, con arte laberíntico. Es el resto del elenco, o sea, los secundarios de lujo, quienes sacan la cara por el filme, y muy bien. Entre virtudes y fallas, se trata de una película para ser tomada en cuenta y verla.

"Londres bajo Fuego" y "Divergente: Leal".

He aquí una película hecha como si fuesen palomitas azucaradas de maíz, solo que en lugar de dulce le han puesto balazos a montones, persecuciones a montones, puñetazos a montones, muertos a montones y conductas paranoicas a montones. El filme llega con el título de Londres bajo fuego (2016), dirigido por el cineasta iraní, llegado a Suecia a los 11 años, Babak Najafi. El señor Najafi sirve para rodar películas de acción comunes y silvestres, donde no importa lo narrativo. Incluso, lo visual se limita a amontonar planos, a confiar del todo en el montaje posterior y a mostrar determinada neurosis por el ritmo fogoso de los acontecimientos. Esto queda más claro si recordamos que Londres bajo fuego es secuela de otra película igualmente mala. La primera llegó con el título de Operación Código Olimpo (2013), dirigida por Antoine Fuqua. ¿Ven por dónde va la procesión?
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Al estar viendo la película Divergente: Leal (2016), dirigida con desgano por Robert Schwentke, recordé una discusión con el finado colega Andrés Sáenz, crítico de teatro, cuando yo le cuestionaba su decisión de salir de una puesta en escena si la pensaba o juzgaba como mala. Andrés lo hacía y lo consignaba en su crítica. Ante la película Divergente: Leal, no salí porque pensé que traicionaba mis razones; pero, de verdad, entre más avanza el filme, peor se pone. Su calidad se hunde más que un barco, no en una tormenta, sino en un mar calmo. Este tipo de cine queda en agua de borrajas. Es infumable. Imagino que los “fans” dirán que soy un “hater” (según su jerga); pues no, vean que me aguanté la película completa.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Mustang: Belleza salvaje: en el gineceo represivo

El Mar Negro es testigo de la inocencia infantil, ese primer paso hacia la adolescencia que, en Turquía, es tan solo el desarrollo de las más ingratas dificultades que viven las mujeres tan solo por ser eso: mujeres. Por ahí va la historia de cinco muchachitas de 12 a 16 años, recluidas en una casa donde la abuela y un tío les imponen condiciones según feroces reglas patriarcales y absurdos conceptos religiosos. Es lo que vemos con la película Mustang: Belleza salvaje (2015), de la directora turco-francesa Deniz Gamze Ergüven. Lo que las jóvenes viven en ese gineceo represivo, con algunos escapes al exterior, le da cuerpo a este filme bien trazado y mejor desarrollado por la directora mencionada (también coguionista). Antes de que la “obscenidad” se apodere de las muchachitas, lo mejor es casarlas pronto. Eso supone anularlas como personas, desde sus conductas hasta sus sentimientos. Allí, la mujer no es más que un grito reprimido o hacia adentro, donde no se le respeta y más bien se le viola de las más distintas maneras, incluso sexualmente en la propia casa familiar. Así como las vidas de estas adolescentes cambia en un santiamén, también el filme nos mete pronto en los acontecimientos y no nos suelta ni un solo minuto. El registro de la trama, de muy bien logrado lenguaje fílmico, se toma el tiempo preciso para hacernos sentir ese desorden social mal llamado “familia”. La cámara indaga y no solo muestra o describe. La cámara le da vida a la historia con los mejores planos de las cinco jóvenes en ebullición, llenas de vida, pero cosificadas por sus propios familiares y por la sociedad en general. Si alguien siente que la película Mustang: Belleza salvaje es muy fuerte o muy cruda, ojo, así es la realidad. Tras la poesía que hay en muchas imágenes de esta película, se siente el vigor propio del caballo que le da título al filme, mustango de las praderas norteamericanas, a lo que contribuyen música y fotografía con calidades propias. Cine obligatorio, para pensarlo y asumirlo.

lunes, 14 de marzo de 2016

Kung Fu Panda 3: el respeto a las energías vitales

Se van volando. Los 95 minutos que dura la película animada Kung Fu Panda 3 (2016, de Jennifer Yuh y Alessandro Carloni) se van volando, tal el encanto en que lo mete a uno esta secuela. Una vez más nuestro genial héroe Po nos seduce. Ahora él viaja al encuentro de sí mismo para enfrentarse al enemigo ancestral, encarnado esta vez por Kai. Po llega a un grato sitio habitado por pandas de distintas condiciones, pero de un solo y jocoso humor. Es en China. 

Lo mejor del filme es la recreación visual de ese sitio tan particular y lo peor es cuando se lleva la lucha entre el bien y el mal al mundo de los espíritus, donde hasta la paleta de colores se torna monocromática y se cae la buena diversión que traía esta película, amén de que se pierden sus personajes más simpáticos. Sin embargo, aparte de ese innecesario surrealismo, debemos aceptar que uno se la pasa muy bien con la película. Tanto que hasta lo ridículo, fachoso, inesperado e incoherente resultan bastante cómicos y con sentimientos nobles por ahí incluidos. Kung Fu Panda 3 insiste en el respeto que les debemos a las energías que fluyen entre los personajes (seres vivos), entre estos y el medio que los rodea (muy bien animado) e, incluso, con el abstracto mundo de los espíritus (es la comunión que une al Universo si se busca su armonía). Esta secuela parece receta de una película hecha como si fuese ejercicio exquisito de origami (papiroflexia) pasado por artes marciales. No se la pierdan.

lunes, 7 de marzo de 2016

13 horas: Los soldados secretos de Bengasi: “bayhem”

Truénganos y fusínganos. Explosiones y balazos. Apelotamiento de planos. Gran trabajo en la sala de montaje. Esto es el filme 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi (2016), cuya autoría se adivina fácilmente con solo ver la película. Su director es Michael Bay. Lo formal es obsesión. El patriotismo militar es su idea básica. Agreguen alguna que otra pincelada melodramática para manipular más al espectador. Esas son partes unívocas del estilo de Michael Bay. Hay quienes conocen dicho estilo con el nombre de “bayhem”: donde poco importan el encuadre o el valor del plano, solo interesa que la cámara se mueva frenética, que la banda sonora sea capaz de aturdir y que el montaje nos meta en delirantes tiempos narrativos. Si las actuaciones son buenas o malas, poco importa. Más que el cruce de diálogos, a 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi le interesa el cruce de balas y morteros en repetidas batallas interminables en Bengasi, luego del derrocamiento de Gaddafi, logrado con la ayuda de bombardeos de la aviación de Estados Unidos sobre Libia y la acción oculta de su centro de espionaje: la CIA. Esos sitios atacados por fuerzas libias no definidas son la embajada de Estados Unidos y una cercana estación de la CIA. Un grupo resiste y defiende el cuartel de la CIA: son agentes contratados por el gobierno de Estados Unidos por ruta de empresas privadas.  Quedan algunas buenas imágenes. El resto es cine de choque para dinamizar secuencias, con buenos juegos del color y elaboración de “noches falsas”. No más.

miércoles, 2 de marzo de 2016

"Anomalisa": Máscaras rituales ante la vida

En español, el vocablo inglés “stone” significa “piedra” y no otro apellido le podría ser tan exacto a Michael Stone, personaje principal de la película Anomalisa (2015), dirigida por Charlie Kaufman y Duke Johnson, filme animado con el difícil arte del “stop-motion”. Anomalisa maneja su trama y conceptos según Charlie Kaufman (también coguionista), mientras el oficio del “stop-motion” (animación cuadro a cuadro con muñecos en escala) es responsabilidad de Duke Johnson. Es juego de contenido y forma, donde las figuras animadas se muestran con algunas torpezas que no hacen mella. Lo cierto es que Michael Stone es un sujeto con una vida aparentemente acomodada, especie de triángulo equilátero (con sus lados y ángulos iguales); sin embargo, por eso mismo, su vida le resulta trivial o insípida. Es un sujeto pétreo. El primer indicio importante que se nos da sobre el carácter deprimido de este hombre es cuando él escucha esa pequeña joya operática titulada "Dúo de las flores" (de la ópera Lakmé, del compositor romántico francés Léo Delibes).
Dicho dúo, poético con su melodía, es para sopranos; empero, Michael Stone lo escucha con ásperas voces masculinas. Poco a poco descubrimos que el señor Stone todo lo oye de manera monocorde: solo hay voces varoniles y rostros iguales, máscaras rituales del aburrimiento. Aquel movimiento cansino, aquella iluminación ocre, aquellas voces en una sola cuerda, aquellos rostros marcados como caretas o embozos, aquellas conversaciones insípidas, aquel mundo de cartón-piedra, los detalles, nos hacen sentir un mundo agobiado en sí mismo. Luego, hay un momento en que el señor Stone se percata que de la piedra brota agua, como si fuese tocada por el báculo de Moisés, según el famoso óleo de Tintoretto. Es cuando conoce a Lisa, a quien él oye con voz melódica de mujer. Lisa es para Michael una especie de anomalía, una “anomalisa”, y el filme se enriquece aún más con lo que ciertamente es: se trata de una narración sobre los sentimientos humanos, donde Lisa marca la diferencia.