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sábado, 30 de abril de 2016

"Ex-Machina": ¿la I.A. es miel con veneno?, ¿o no?

Estamos ante una buena película que sabe escalonar el suspenso con el misterio para indagar: Ex­­-Machina (2015), filme dirigido con astucia morosa por Alex Garland. La trama nos coloca ante Nathan (Oscar Isaac), programador multimillonario, quien selecciona a Caleb (Domhnall Gleeson), joven empleado de su empresa, para que pase una semana con él en las montañas y hacerle un test a Ava (Alicia Vikander), robot-mujer con inteligencia artificial. Conforme transcurre el relato, sin prisa alguna, hay más claridad en lo que el filme nos quiere decir. Lo hace también con diálogos inteligentes; entonces, el misterio crece al igual que el suspenso, tenso como jugar naipes en una mesa donde todos tienen ases en sus manos (escribió alguna vez Raymond Chandler). Dentro de la morosidad ritual del relato, incluso dentro de cierto estilo teatral, Ex­­-Machina, como película, encuentra su propio dinamismo dramático, a lo que contribuyen las acertadas actuaciones del elenco, sobre todo la de la actriz sueca Alicia Vikander con su belleza enigmática. Los efectos visuales no solo son elegantes: son afortunados en lo visual y son excelentes para ubicarnos en la atmósfera que exige el relato, dentro de ese mundo contradictorio de la investigación científica y tecnológica: aquí nada es lo que parece y todo resulta distinto: es miel con veneno.

viernes, 29 de abril de 2016

"El hijo de Saúl": cine húngaro que se atreve

El Holocausto ha sido llevado varias veces al cine como lo fue: vergonzoso y doloroso momento de la humanidad. Hay quienes dicen que el tema cansa. Sin embargo, cuando se siguen viendo atrocidades bélicas, no está mal que le sacudan a uno la capacidad de mantener el conocimiento reflexivo de las cosas. Con ese tema, dentro del cine creativo e intenso, hemos de agregar ahora la calidad valiosa del filme húngaro titulado El hijo de Saúl (2015), dirigido con pasión, pero con algunos descuidos narrativos, por László Nemes, nacido en Budapest. Es su ópera prima. Las imágenes van adentro de un campo de exterminio nazi. Lo hacen con crudeza, a tumba abierta, pero sin detenerse en detalles manipuladores. Nuestra mirada se ve obligada a interpretar los sucesos por el manejo que se hace de la cámara en mano, casi siempre sobre el hombro del personaje principal, llamado Saúl. De esa manera, la mirada de Saúl es nuestra mirada. Así, vemos un universo extraño por contradictorio: hay judíos que prefieren ayudar a los alemanes a matar otros judíos con tal de sobrevivir. Ellos son esclavos de las tropas nazis y deben cumplir con ejecuciones programadas, quemar cadáveres, desaparecer cenizas y limpiar los sitios de las torturas. Un día, Saúl descubre el cadáver de un jovencito a quien, de pronto, él siente como si fuese su hijo. En lugar de llevarlo a incinerar, se propone darle una sepultura digna, por lo que le urge un rabino. Ese acto humanitario es locura en un campo donde solo impera el horror y donde lo dantesco se confunde con lo apocalíptico. Por descuido más que por decisión narrativa, algunas situaciones solo se describen y luego quedan en el aire, por lo que algunos diálogos pierden conexión entre sí, pero el filme mantiene su coherencia conceptual. En 4:3, de ahí el dominio de los primeros planos, muy bien logrados. Al final, la película ha logrado lo suyo: mostrar que el ser humano puede ser una máquina de muerte, pero que –en el fondo– siempre ha de quedar la esperanza.

lunes, 18 de abril de 2016

El libro de la selva: El libro de las tierras vírgenes

Esta vez lo lograron los estudios Disney: rodar una película basada en otra anterior de 1967 (dibujos animados) y hacerla visualmente esplendorosa y con valioso calado humano desde sus conceptos, donde es visible la mano inteligente de su director, Jon Favreau. Se trata de la nueva versión homónima de los cuentos de Rudyard Kipling recogidos bajo el título de El libro de la selva. En literatura, a dichos cuentos se les conoce igual como El libro de las tierras vírgenes. Kipling se convirtió en el primer escritor inglés en ganar el Premio Nobel de Literatura, en 1907. El libro de la selva, la película de 1967, no pudo ser terminada por Walt Disney, quien murió el 15 de diciembre de 1966. El resultado fue una cinta de dibujos animados algo esquemática y más bien sensiblera. En cambio, la versión de hoy (2016) apuntala bien a lo principal: contar una historia en la que la Naturaleza se comporta como sujeto protagónico, capaz de rediseñar la guía y conducta de los personajes que se mueven en ella. Gracias a la Naturaleza o por culpa de ella, como quieran, los personajes evolucionan. Por eso, esta vez, gracias a sus guionistas y al director Jon Favreau, El libro de la selva es algo más que el viaje de Mowgli hacia la aldea de los suyos (los humanos): es viaje interno hacia su propio encuentro. Con ese dinamismo dramático bien manejado por la trama, también evolucionan los otros personajes, sea que protejan o que deseen matar a Mowgli (quiere decir “rana”, porque es un cachorro entre lobos a quien no le brota pelaje). El decorado es parte de la historia, aunque se permite pecados veniales como voltear la selva feroz en algo idílico, y esto está fuera de la lógica del relato. Este filme mezcla acción real con entornos generados por ordenador. Trabajo perfecto que hace más difícil y meritoria la actuación del niño Neel Sethi como Mowgli (imposible no acordarse de Sabú en aquella versión de 1942, dirigida por Zoltan Korda, disponible en video). El filme se permite libertades ante el texto literario (como cambiar el carácter de la serpiente Kaa, por ejemplo), pero sabe puntuar lo oscuro y lo brillante de la selva por medio de las emociones de sus personajes.

domingo, 17 de abril de 2016

"La jugada maestra" no logra ser película maestra

El ajedrez a nivel del habla popular lo colocó un excéntrico campeón mundial: el estadounidense Robert James Fischer, recordado como Bobby Fischer. Ahora lo vemos con un filme apreciable que nos llega con el título de La jugada maestra (2014), dirigido por Edward Zwick, realizador de consabida maña, bien ayudado por la música de James Newton Howard. Todo juego exige del jugador una actitud esencial o cardinal: ¡vencer! Bobby Fischer era un genio y, como tal, tenía el talento para vencer a los campeones en serie que la escuela soviética de ajedrez tenía para entonces, por los años 70. El problema fue que Fischer cayó en manos de los políticos, quienes vieron en él la posibilidad de un triunfo no deportivo, sino ideológico, ante los ajedrecistas soviéticos. En ese momento, el campeón era Boris Spassky. Se estaba en plena Guerra Fría y, obviamente, los políticos soviéticos también hicieron del ajedrez un arma de propaganda ideológica. En 1972, la serie entre Spassky y Fischer fue calentada de tal manera por los políticos de ambos bandos, que devino ojo de cíclope en la tormenta política. La película concentra la atención en Robert James Fischer. Así, desde su infancia. El filme trata de que lo entendamos tanto en lo genial como en lo turbulento. Lo logra, pero no del todo. Es el problema de la película: no amarra cabos sueltos que por ahí va dejando. Tobey Maguire no es actor indicado para encarnar a Bobby Fischer: no logra mostrarlo como el sujeto que quería disponer de su vida. Es flojo este actor para mostrar la lucha interna del genio y prefiere exponer a Fischer como alguien fuera de sí mismo. En esto, hay complicidad del director de la película. El actor Liev Schreiber muestra más espuela como Boris Spassky, pero no es personaje principal, por lo que el filme se desequilibra y el relato pierde tensión dramática. En términos histriónicos, Schreiber le da jaque mate a Maguire.

martes, 12 de abril de 2016

Avenida Cloverfield 10: de jugarse la piel en cine

Bien se dice que cuando la protección llega a ser excesiva, se convierte en prisión. Este concepto es del todo significativo en ese valioso filme que ahora nos llega con el título de Avenida Cloverfield 10 (2016), con la admirable dirección de Dan Trachtenberg, ¡su primera película! El guion está firmado por Damien Chazelle, Josh Campbell y Matthew Stuecken y narra la historia de una joven, Michelle, quien decide separarse de su pareja. En un momento dado toma sus bártulos y se marcha sin rumbo cierto. En carretera, de noche, choca con alguien. 
Cuando Michelle recupera el conocimiento, lo hace en un sótano: es una celda bajo tierra y su carcelero se llama Howard. El celador le dice a Michelle que la recogió para protegerla de “algo” que sucede afuera. Como espectador, uno mismo no sabe dónde está la verdad. El misterio y su manejo se convierten en lo esencial del filme. El filme falla por su débil final, pero no es culpa del director: está en el guion. Avenida Cloverfield 10 es película que crece en dinamismo dramático, que aumenta su tensión con el desarrollo del relato, que mejora –secuencia a secuencia– gracias a las virtudes de la puesta en escena y al gran manejo de las más distintas imágenes. Por supuesto que las actuaciones son superlativas y dan más misterio a los enigmas del relato. Ni una manada de sombras puede ocultar la brillante y suprema actuación de John Goodman. Bien se dice que el arte histriónico es un combate donde es necesario jugarse la piel; pues bien, Goodman no solo se la juega, sino que se la arranca y deja todo con su personaje. Johann Wolfgang von Goethe decía que el carácter se educa en la tempestad, así como el talento se educa en la calma. Esta percepción bien la logra la actriz Mary Elizabeth Winstead con su personaje Michelle: ella marca muy bien el desarrollo de su personaje: de la calma a la tempestad.

lunes, 11 de abril de 2016

"Truman": cuando la vida depende de la muerte

Ya antes el director catalán Cesc Gay había rodado con los actores Ricardo Darín (argentino) y Javier Cámara (español). Lo fue con la película titulada Una pistola en cada mano (2012). 
Ahora se encuentran de nuevo con Truman (2015), drama sensible cuyos sucesos giran sobre un concepto hecho signo: la muerte. No se trata de la muerte suelta en el aire: es la muerte ligada a la vida, como ese “algo” que a todos nos espera e inquieta. Sin alardes narrativos, Truman es filme plasmado con devoción y cuenta la historia de dos amigos de siempre, cuando uno de ellos, Tomás, desde Canadá visita al otro, Julián, en España, porque se ha enterado de que Julián tiene un cáncer terminal. Al hacerlo, brota tanta emotividad que se convierte en el aliento narrativo del filme. La actuación de Ricardo Darín hace que las particularidades de su Julián adquieran el rango lógico de sujeto narrativo, pero también el de sujeto emocional. Javier Cámara es más estólido. Más comprometida se muestra Dolores Fonsi, mujer que recibe el impacto de la muerte por llegar. Esa muerte nunca la conoceremos. Ello es mérito narrativo, porque se trata de abrir una expectativa o una “función nudo” en el argumento que, de alguna manera, ha de ser resuelta por el espectador. Estamos olvidando a Truman, ¿quién es? Es el viejo perro de Julián, a quien su amo le busca nuevo dueño. El problema es que se trata de un perro viejo, quien ha vivido años de años con su amo y compañero, y nadie lo quiere. El perro es alegoría de Julián y también al revés.

sábado, 9 de abril de 2016

"Un hombre irracional" Woody Allen según él mismo

Las películas de Woody Allen entre más se parezcan al cine de Woody Allen, más se disfrutan. Bueno, más las disfruto yo. Hoy se trata de un drama plagado de humor ácido y con distintas referencias a la filosofía occidental. Su título es Un hombre irracional (2015) y se exhibe casi de manera vergonzosa en muy pocas salas del país. Su guion parte de ideas que Woody Allen estructura muy bien y que sabe mostrar en pantalla: con astucia, las imágenes hilvanan trama con conceptos y, así, el filme no se dispersa en ningún momento. El señor Allen logra impecable diseño de personajes: nada falta ni sobra para entenderlos de manera plena en sus contradicciones. Con ellos, los sucesos se muestran, giran, rebotan, mutan, lo que sea, de manera inteligente. Un hombre irracional narra la historia de una pareja que se enamora en la universidad. Solo que ella (Jill) es la alumna bonita, inteligente y joven. Él (Abe) es el angustiado profesor de Filosofía, cuya vida la ha dedicada a las mejores causas, sin encontrarle aún el sentido de la existencia. Es cuando la película comienza a interpelar sobre conceptos como el azar, la causa y el efecto, la dialéctica como doctrina, el criticismo kantiano, el existencialismo de Kierkegaard o Sartre, el papel de la conciencia y temas similares, todo con el desarrollo del amor entre el profesor y su alumna. De ahí salta el motor del filme: ¿por qué, de un momento a otro, cambia la conducta de alguien? ¿Cuál es ese elemento hacedor de una nueva realidad, primero en una persona y de rebote en las demás? ¿Es causal o accidental? ¿Somos ejecutores o víctimas de las decisiones? La moraleja de la película especula sobre el hecho de que la vida no tiene sentido: ¿cine pesimista? Lo que sí tiene sentido es ir al cine a ver este buen filme y, por qué no, deleitarse con oír The “In” Crowd, del Ramsey Lewis Trío: motivo central y recurrente (“leitmotiv”).

miércoles, 30 de marzo de 2016

"Theeb: Sendero de valor ", devoción de buen cine

Hay que ser convidado de piedra para no emocionarse ante la magnífica y sensible película jordana con el título de Theeb: Sendero de valor (2014), dirigida por Naji Abu Nowar. Ver una película jordana en Costa Rica es una sorpresa. Además, darse cuenta de la altísima calidad del filme es multiplicar ese asombro por sí mismo. Su director, de origen jordano, nació en el condado de Oxfordshire, Inglaterra, pero a los 10 años fue llevado a Jordania. Allí reside, en Ammán, capital jordana. 
Excelente el joven actor Jacir Eid Al-Hwietat

El filme es la historia de un muchacho, dura y poética a la vez, donde el bien y el mal se juntan en un solo rostro del todo indescifrable, según los personajes que aparecen ante la mirada activa del jovencito. Este adolescente se ve obligado por los hechos a convertirse en hombre. Le sucede más pronto de lo previsto. La historia de Theeb se ubica allá, donde la vida humana es mínima figura, en 1916, Arabia, con presencia distante y cercana a la vez de la Primera Guerra Mundial. Theeb y su hermano Hussein son beduinos nómadas, parte de una pequeña tribu perdida del imperio otomano. La vida quieta, en perfecta armonía con la naturaleza seca de los desiertos, se altera para dichos hermanos cuando, por amabilidad tribal, deben guiar hasta un pozo cercano a dos sujetos que no conocen, uno de ellos es inglés. La ruta es peligrosa: hay asaltantes otomanos, hay ingleses en la construcción de un tren y hay jóvenes revolucionarios que se enfrentan al imperio inglés. El tren es símbolo de un progreso que cambiará el modo ancestral de vida de los habitantes. Con grandeza estética, cercana al género del Oeste o de vaqueros, con camellos en lugar de caballos, la película no abandona los rasgos del mejor cine intimista y se ubica en el arte de la tragedia: ¿hasta qué grado de fatalidad puede llegar un primer acto de generosidad humana? Excepto por el inglés Jack Fox, en este filme no hay actores profesionales. Es parte de la convicción de la película y de su devoción por ser cine de gran sensibilidad.

domingo, 27 de marzo de 2016

"Batman vs. Superman: El amanecer de la justicia"

Es curioso ver cómo un filme comercial divide tanto a críticos de cine entre sí como a seguidores de los superhéroes. Esto sucede ahora con la película Batman vs. Superman: El amanecer de la justicia (2016), bajo la dirección de un habitual: Zack Snyder. Él solito, Snyder pone la mira en su éxito anterior, El hombre de acero (2013), y echa a rodar más la bola. Los productores le exigen una película que sea un taquillazo, y Zack Snyder los complace. El filme viene precedido de una intensa, mediática y manipuladora gestión publicitaria. Batman vs. Superman: El amanecer de la justicia tiene algo que el director Snyder pasó por alto con su filme anterior. Esta vez, desde el guion, hay deseos de desarrollar mejor ciertas situaciones dramáticas y, por eso mismo, de enriquecer los diálogos. Igual, se mejora el diseño de los personajes.Por eso, de manera abierta o solapada, la película cuestiona sobre la necesidad humana de apoyarse en seres superiores que nos protejan: en dioses. Por eso, los superhéroes se ven ante el dilema de comportarse como divinidades o de semejarse a ellas. El filme tiene imágenes que nos refieren a estampas de la creencia cristiana, sobre todo con la figura de Superman, especie de Mesías. Superman es alegoría de Jesús en más de un encuadre. Por supuesto, igual hay montones de secuencias de puro choque visual con destrucción de edificios, fuertes reyertas, pelotera de planos y hasta ridículos momentos con besos y palabras cursis de amor de pareja. Incluso, Batman es medio fascista, pero la película se permite un bien logrado proceso dramático de los personajes: ellos cambian con los acontecimientos. Las actuaciones de los principales deja bastante que desear: Ben Affleck y Henry Cavill no expresan bien las variables del relato ni los traumas de sus aventuras, siempre están de una sola pieza. Es desastroso el accionar de Jesse Eisenberg como el villano Lex Luthor: sobreactuado. Igual de despistada es la música del filme; pero no así la fotografía, con arte laberíntico. Es el resto del elenco, o sea, los secundarios de lujo, quienes sacan la cara por el filme, y muy bien. Entre virtudes y fallas, se trata de una película para ser tomada en cuenta y verla.

"Londres bajo Fuego" y "Divergente: Leal".

He aquí una película hecha como si fuesen palomitas azucaradas de maíz, solo que en lugar de dulce le han puesto balazos a montones, persecuciones a montones, puñetazos a montones, muertos a montones y conductas paranoicas a montones. El filme llega con el título de Londres bajo fuego (2016), dirigido por el cineasta iraní, llegado a Suecia a los 11 años, Babak Najafi. El señor Najafi sirve para rodar películas de acción comunes y silvestres, donde no importa lo narrativo. Incluso, lo visual se limita a amontonar planos, a confiar del todo en el montaje posterior y a mostrar determinada neurosis por el ritmo fogoso de los acontecimientos. Esto queda más claro si recordamos que Londres bajo fuego es secuela de otra película igualmente mala. La primera llegó con el título de Operación Código Olimpo (2013), dirigida por Antoine Fuqua. ¿Ven por dónde va la procesión?
*
Al estar viendo la película Divergente: Leal (2016), dirigida con desgano por Robert Schwentke, recordé una discusión con el finado colega Andrés Sáenz, crítico de teatro, cuando yo le cuestionaba su decisión de salir de una puesta en escena si la pensaba o juzgaba como mala. Andrés lo hacía y lo consignaba en su crítica. Ante la película Divergente: Leal, no salí porque pensé que traicionaba mis razones; pero, de verdad, entre más avanza el filme, peor se pone. Su calidad se hunde más que un barco, no en una tormenta, sino en un mar calmo. Este tipo de cine queda en agua de borrajas. Es infumable. Imagino que los “fans” dirán que soy un “hater” (según su jerga); pues no, vean que me aguanté la película completa.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Mustang: Belleza salvaje: en el gineceo represivo

El Mar Negro es testigo de la inocencia infantil, ese primer paso hacia la adolescencia que, en Turquía, es tan solo el desarrollo de las más ingratas dificultades que viven las mujeres tan solo por ser eso: mujeres. Por ahí va la historia de cinco muchachitas de 12 a 16 años, recluidas en una casa donde la abuela y un tío les imponen condiciones según feroces reglas patriarcales y absurdos conceptos religiosos. Es lo que vemos con la película Mustang: Belleza salvaje (2015), de la directora turco-francesa Deniz Gamze Ergüven. Lo que las jóvenes viven en ese gineceo represivo, con algunos escapes al exterior, le da cuerpo a este filme bien trazado y mejor desarrollado por la directora mencionada (también coguionista). Antes de que la “obscenidad” se apodere de las muchachitas, lo mejor es casarlas pronto. Eso supone anularlas como personas, desde sus conductas hasta sus sentimientos. Allí, la mujer no es más que un grito reprimido o hacia adentro, donde no se le respeta y más bien se le viola de las más distintas maneras, incluso sexualmente en la propia casa familiar. Así como las vidas de estas adolescentes cambia en un santiamén, también el filme nos mete pronto en los acontecimientos y no nos suelta ni un solo minuto. El registro de la trama, de muy bien logrado lenguaje fílmico, se toma el tiempo preciso para hacernos sentir ese desorden social mal llamado “familia”. La cámara indaga y no solo muestra o describe. La cámara le da vida a la historia con los mejores planos de las cinco jóvenes en ebullición, llenas de vida, pero cosificadas por sus propios familiares y por la sociedad en general. Si alguien siente que la película Mustang: Belleza salvaje es muy fuerte o muy cruda, ojo, así es la realidad. Tras la poesía que hay en muchas imágenes de esta película, se siente el vigor propio del caballo que le da título al filme, mustango de las praderas norteamericanas, a lo que contribuyen música y fotografía con calidades propias. Cine obligatorio, para pensarlo y asumirlo.

lunes, 14 de marzo de 2016

Kung Fu Panda 3: el respeto a las energías vitales

Se van volando. Los 95 minutos que dura la película animada Kung Fu Panda 3 (2016, de Jennifer Yuh y Alessandro Carloni) se van volando, tal el encanto en que lo mete a uno esta secuela. Una vez más nuestro genial héroe Po nos seduce. Ahora él viaja al encuentro de sí mismo para enfrentarse al enemigo ancestral, encarnado esta vez por Kai. Po llega a un grato sitio habitado por pandas de distintas condiciones, pero de un solo y jocoso humor. Es en China. 

Lo mejor del filme es la recreación visual de ese sitio tan particular y lo peor es cuando se lleva la lucha entre el bien y el mal al mundo de los espíritus, donde hasta la paleta de colores se torna monocromática y se cae la buena diversión que traía esta película, amén de que se pierden sus personajes más simpáticos. Sin embargo, aparte de ese innecesario surrealismo, debemos aceptar que uno se la pasa muy bien con la película. Tanto que hasta lo ridículo, fachoso, inesperado e incoherente resultan bastante cómicos y con sentimientos nobles por ahí incluidos. Kung Fu Panda 3 insiste en el respeto que les debemos a las energías que fluyen entre los personajes (seres vivos), entre estos y el medio que los rodea (muy bien animado) e, incluso, con el abstracto mundo de los espíritus (es la comunión que une al Universo si se busca su armonía). Esta secuela parece receta de una película hecha como si fuese ejercicio exquisito de origami (papiroflexia) pasado por artes marciales. No se la pierdan.

lunes, 7 de marzo de 2016

13 horas: Los soldados secretos de Bengasi: “bayhem”

Truénganos y fusínganos. Explosiones y balazos. Apelotamiento de planos. Gran trabajo en la sala de montaje. Esto es el filme 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi (2016), cuya autoría se adivina fácilmente con solo ver la película. Su director es Michael Bay. Lo formal es obsesión. El patriotismo militar es su idea básica. Agreguen alguna que otra pincelada melodramática para manipular más al espectador. Esas son partes unívocas del estilo de Michael Bay. Hay quienes conocen dicho estilo con el nombre de “bayhem”: donde poco importan el encuadre o el valor del plano, solo interesa que la cámara se mueva frenética, que la banda sonora sea capaz de aturdir y que el montaje nos meta en delirantes tiempos narrativos. Si las actuaciones son buenas o malas, poco importa. Más que el cruce de diálogos, a 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi le interesa el cruce de balas y morteros en repetidas batallas interminables en Bengasi, luego del derrocamiento de Gaddafi, logrado con la ayuda de bombardeos de la aviación de Estados Unidos sobre Libia y la acción oculta de su centro de espionaje: la CIA. Esos sitios atacados por fuerzas libias no definidas son la embajada de Estados Unidos y una cercana estación de la CIA. Un grupo resiste y defiende el cuartel de la CIA: son agentes contratados por el gobierno de Estados Unidos por ruta de empresas privadas.  Quedan algunas buenas imágenes. El resto es cine de choque para dinamizar secuencias, con buenos juegos del color y elaboración de “noches falsas”. No más.

miércoles, 2 de marzo de 2016

"Anomalisa": Máscaras rituales ante la vida

En español, el vocablo inglés “stone” significa “piedra” y no otro apellido le podría ser tan exacto a Michael Stone, personaje principal de la película Anomalisa (2015), dirigida por Charlie Kaufman y Duke Johnson, filme animado con el difícil arte del “stop-motion”. Anomalisa maneja su trama y conceptos según Charlie Kaufman (también coguionista), mientras el oficio del “stop-motion” (animación cuadro a cuadro con muñecos en escala) es responsabilidad de Duke Johnson. Es juego de contenido y forma, donde las figuras animadas se muestran con algunas torpezas que no hacen mella. Lo cierto es que Michael Stone es un sujeto con una vida aparentemente acomodada, especie de triángulo equilátero (con sus lados y ángulos iguales); sin embargo, por eso mismo, su vida le resulta trivial o insípida. Es un sujeto pétreo. El primer indicio importante que se nos da sobre el carácter deprimido de este hombre es cuando él escucha esa pequeña joya operática titulada "Dúo de las flores" (de la ópera Lakmé, del compositor romántico francés Léo Delibes).
Dicho dúo, poético con su melodía, es para sopranos; empero, Michael Stone lo escucha con ásperas voces masculinas. Poco a poco descubrimos que el señor Stone todo lo oye de manera monocorde: solo hay voces varoniles y rostros iguales, máscaras rituales del aburrimiento. Aquel movimiento cansino, aquella iluminación ocre, aquellas voces en una sola cuerda, aquellos rostros marcados como caretas o embozos, aquellas conversaciones insípidas, aquel mundo de cartón-piedra, los detalles, nos hacen sentir un mundo agobiado en sí mismo. Luego, hay un momento en que el señor Stone se percata que de la piedra brota agua, como si fuese tocada por el báculo de Moisés, según el famoso óleo de Tintoretto. Es cuando conoce a Lisa, a quien él oye con voz melódica de mujer. Lisa es para Michael una especie de anomalía, una “anomalisa”, y el filme se enriquece aún más con lo que ciertamente es: se trata de una narración sobre los sentimientos humanos, donde Lisa marca la diferencia.

lunes, 22 de febrero de 2016

"Brooklyn: Amor sin fronteras": el amor es emigrante

Ahora, casi oculta en lo mediático, se exhibe la buena película titulada Brooklyn: Amor
sin fronteras (2015), dirigida por John Crowley, que retoma el tema de los inmigrantes irlandeses en Estados Unidos, aunque de manera más lírica o menos lacerante a lo mostrado por otras películas. Tampoco se va al extremo folletinesco y, así, se narra la historia de una joven, Eilis, que
no ve futuro en su tierra irlandesa y se marcha a Nueva York. Sucede en 1950. Luego, cuando Eilis se enamora, debe vivir la confrontación del amor y la trama se va entretejiendo a doble puntada. Por un lado: lo que ella vive y, por otro, lo que ella siente. El posible regreso a Irlanda solo
complica las cosas. Aquí aparece con su lírica y magnífica presencia la actuación trascendente de Saoirse Ronan, quien nos conduce por los pliegues de su personaje, por sus fortalezas y por sus
debilidades, para mostrarnos que el amor es difícil. Con lo íntimo de la trama, la dirección de arte consolida la atmósfera donde se atrapan los sucesos, con fotografía que prefiere los tonos menos intensos y con música que se aúna a los sentimientos en juego. Filme sensible, nostálgico y humanísimo. Cine de sabia construcción mínima. Relato de cuidadosa estructuración. Mundo imaginario que nos ofrece credibilidad y coherencia. Muy buena película.

domingo, 21 de febrero de 2016

"Los 8 más odiados": el Tarantino más autorreferencial

Dicen los numerólogos que el ocho es número de poder y, en algunos casos, de pérdida de escrúpulos. Parece que los personajes del más reciente filme de Quentin Tarantino se comportan por ahí: la película se titula Los 8 más odiados (1915): es la película más autorreferencial que, hasta el momento, nos ha dado dicho director. De las películas de este director nacido en Knoxville, Tennessee, en 1963, Los 8 más odiados es la que más fácilmente me lleva al filme que, creo, es el mejor de Tarantino, el primero: Perros de reserva (1992). El problema de Los 8 más odiados es el tránsito que Tarantino le da a su propio guion: dura un tanto más de la cuenta para decir lo que se podía decir en menos tiempo. Eso sí, la semejanza entre el paisaje de una naturaleza aplastante y la brutalidad de los personajes metidos en una casa de montaña resulta formidable alegoría o metáfora, aunque haya abuso de sangre con las imágenes. Para reproducir esa metáfora, el equipo actoral es bueno, pero no tanto la dirección de actores: todos ahí metidos en una cabaña, hace fácil ver los desniveles histriónicos. Aplaudo este filme del profeta Quentin; sin embargo, no logra ser el gran cine “western” firmado por John Ford, Sam Peckinpah o Clint Eastwood.

miércoles, 17 de febrero de 2016

"La chica danesa": filme que no logró ser lo que quería

Es película buena y tal vez un poco más, pero no excelente. Se trata del filme La chica danesa (2015), dirigido por el inglés Tom Hooper, cuyo máximo interés se concentra en el exquisito trabajo de Alicia Vikander, actriz sueca. En esta película, la trama daba para más. Es la historia de un matrimonio de artistas plásticos, Gerda y Einar, quienes, en un momento dado, por un detalle de vida que explosiona la conducta de Einar, se ven enfrentados al dilema de este: él quiere cambiar de sexo y llamarse Lili. Ese conflicto podría ser intenso, pero no lo es en la película, porque al director le faltó el brío necesario para inculcárselo a la trama. De esa falta de brío, como si fuera enfermedad contagiosa, el primer afectado resultó ser el actor Eddie Redmayne. Con dicho actor, el filme pierde intensidad. Sin embargo, ¡curioso!, lo hace sin perder coherencia narrativa interna. El filme también se enriquece desde su plasticidad, donde la fotografía y la dirección de arte, más la música, se conjugan para darnos bien la atmósfera en la que los sucesos solo pueden llegar a la tragedia: ¿era posible otra salida? La chica danesa no es filme para desechar. Sus méritos son otros, algunos aquí señalados, y logra hacernos pensar de manera más tolerante sobre un tema que, poco a poco, deja de ser tabú y nos lleva al asunto del amor con otra mirada.

martes, 16 de febrero de 2016

"Steve Jobs": de las manos de Boyle y de Sorkin

En el 2013 se estrenó en el país la película Jobs, dirigida por Joshua Michael Stern y con actuación de Ashton Kutcher. Dicha “peli” no fue éxito del todo, ni en calidad ni en boleterías. Sucede que la figura de Steve Jobs no es imán para llevar mucha gente a las salas de cine. Por eso, el trance de volver a narrar la vida de Steve Jobs, como parte de la revolución tecnológica con la compañía Apple, no dejaba de ser un riesgo. Este filme viene con nombre y apellido del personaje: Steve Jobs (2015), y llega de la mano de un director de verdad: el británico Danny Boyle, quien exhibe ese estilo sin pausas, conciso, fuerte y tan necesario para la historia que aquí se narra desde el texto de otro muy bueno como guionista: Aaron Sorkin. Por eso tenemos un filme bastante verbalizado. Pero no son palabras inútiles las que corren por la pantalla. La película está hilada con diálogos muy inteligentes, a manera de pespunte, donde la ironía adquiere el valor y la dureza de la sátira social. No se le puede perder atención en ningún momento. Guionista y director hacen volcánica esta película con ese arte narrativo de “caminar y hablar”: los acontecimientos se ovillan con las palabras en atención recíproca y exigen una respuesta inteligente del espectador ahí en la butaca, convertido en algo más que testigo presencial. De ahí la importancia de esa inagotable y gran actuación de Michael Fassbender, actor superlativo quien, como se dice de manera popular, está solo en el medio. No hay duda que Fassbender encuentra en la actriz Kate Winslet también una estupenda buena actuación (¿la mejor de su carrera?). Igual, tenemos brillante dirección histriónica en la importante cantidad de secundarios. Eso se logra desde los entretelones de distintos eventos bien amarrados con imágenes de dramáticas a cáusticas: son las presentaciones de las clásicas Macintosh, NeXT y de la iMac.

domingo, 14 de febrero de 2016

"Deadpool": no es importante si se parece o no al cómic

Continúan los superhéroes mostrándose con distintas facetas en el cine de Hollywood. Ahora le toca a uno bastante bocón y malcriado. Así, tenemos en cartelera la película Deadpool (2016), loquera fílmica dirigida por Tim Miller. Como casi todos los superhéroes, para Deadpool el cómic fue su origen. Dicho héroe es mutante que adquirió sus poderes durante una supuesta curación de su cáncer terminal. 
El asunto no es que una película deba parecerse o no al cómic original

Eso no interesa en una crítica. Un filme solo tiene la obligación de ser buen cine. Punto. En el caso de la película Deadpool, tenemos cine sin exigencia alguna, con un guion repetitivo en todo (hasta con sus diálogos) para estimular el gozo fácil del público. Como filme, es redundante. El humor también se muestra de manera reiterada mediante el lenguaje chabacano y es recurrente con la genitalidad masculina. La acción es un rejuntado de lo mismo: aquí todo se repite y repite siempre con poca coherencia interna del relato. Ortega y Gasset diría de filmes así que “son boyas que van a la deriva”. Hasta se le agota su abusivo quiebre de la cuarta pared (personaje dialoga con el público). Hartazgo, eso es. Como filme, Deadpool es tautología, pleonasmo, cacofonía o redundancia de sí mismo a cada momento, incluso con su montaje, con sus efectos visuales y con su música del peor gusto (sin relación con las imágenes). Marvel ha logrado que la estupidez sea una sesión de cine para reír sin juicio.
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lunes, 8 de febrero de 2016

"La habitación": para recomendar a ojos cerrados

Es posible que algunos estén asombrados de la vuelta de hoja que ha dado el director irlandés Lenny Abrahamson (nacido en Dublín), realizador de la película Frank (2014), y quien ahora nos ofrece La habitación (2015). Esta segunda película, con un argumento lacerante, es filme cuya fuerza reside en la estructura lógica de su relato (dentro de su propio universo), relato que pasa por lo específico de su tema: denotada naturaleza angustiante que se apodera del espectador y, si se quiere, lo oprime con sus emociones. La trama se basa en novela escrita por Emma Donoghue, quien llevó a la literatura la historia de Elisabeth Fritzl, mujer austríaca encerrada en un sótano por su propio padre durante 24 años. Elisabeth tuvo hijos durante el encierro. La escritora es, además, la guionista del filme. La autora del libro no quiso concentrarse tan solo en los horrores cometidos por un psicópata. Según lo confesó, ella lo hizo en una pregunta: ¿qué representa ser madre mientras se está secuestrada en una habitación? Esta pregunta es la que también viene a darle sentido a la película de Lenny Abrahamson. Desde ahí, La habitación, como película, logra ser sumamente intensa en gran parte de su metraje, con las relaciones tan contradictorias de una madre y un hijo encerrados ambos en un cobertizo, como fiera prisión (no en vano, ella le cuenta al hijo la historia del conde de Montecristo). Entonces, en medio de su intensidad, se va descubriendo una hermosa y esperanzadora historia de amor materno-filial. Así, los personajes están perfectamente diseñados y los histriones Brie Larson (como la madre) y Jacob Tremblay (como Jack, el hijo de cinco años) están excelentes (notable dirección actoral, no hay duda). Las relaciones de causa y efecto están muy bien planteadas y de manera unitaria por el filme, que algunos dividen en dos segmentos, como dos actos. Error. Hacer eso es no descubrir la unidad dramática y férrea de la trama (relación dialéctica). Es filme que, por nuestra parte, recomendamos a ojos cerrados o abiertos, como gusten.
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domingo, 7 de febrero de 2016

"Creed: Corazón de campeón", qué título más flojo

De nuevo, el actor Sylvester Stallone se mete en la piel de Rocky Balboa, su personaje icónico (el otro es Rambo), para sorprendernos con una película bien narrada, pese a tantos lugares comunes en el relato, titulada Creed: Corazón de campeón (2015), dirigida por Ryan Coogler. Es continuación o “spin- off” de una saga boxística exitosa en dólares y con un buen filme como primero de la serie: Rocky (1976), dirigido por John G. Avildsen, donde vimos otra cara de la realidad social estadounidense (la que el cine oculta casi siempre).
Luego la saga se empantanó. Ahora viene Creed: Corazón de campeón, película que con su personaje principal, Adonis Creek, deviene en especie de nostalgia del filme original de 1976. Incluso los personajes, uno por uno, nos recuerdan a los que entonces conocimos.De hecho, Adonis, el nuevo boxeador, es hijo del gran rival y amigo de Rocky Balboa entonces: Apollo Creed. En nombre de esa vieja amistad, Rocky acepta ser entrenador del joven cuyo credo le viene por herencia genética: el boxeo.De ahí en adelante, el filme es previsible, pero le queda la mano de un buen director, Ryan Coogler, quien logra darle un tratamiento muy humano a los conflictos personales, quien de nuevo hace valer las imágenes para recordarnos la marginalidad social vivida por ciertos grupos de la sociedad estadounidense y quien, sorpresa, sabe dar vigor dramático a las peleas de boxeo. Ryan Coogler nos recuerda que no en vano es ganador en el festival de Sundance con su primera película: Fruitvale Station (2013), precisamente con el joven actor Michael B. Jordan, quien ahora convence de nuevo como Adonis Creed.Coogler ha de ser excelente director actoral para poner a Sylvester Stallone dentro de una buena actuación. Rocky es ahora un pugilista melancólico, quien ha perdido más de lo que ha ganado (si lo pensamos bien) y quien carga su propio combate fuera de las cuerdas de un cuadrilátero: ¿culpa del boxeo?

domingo, 31 de enero de 2016

"Carol": amor se escribe con " m " de mirada

He aquí una historia contada con mucha sensibilidad, con emotivo tono poético, con libertad erótica y con gran habilidad para diseñar personajes y sus ambientes. Es cine donde la amable sencillez del relato hace una hermosa película vitalista. Se trata del filme titulado Carol (2015), logrado con inteligencia, ternura y pasión desde la mirada de su director Todd Haynes, graduado en semiótica, lo que nos explica cómo dicho director pudo expresar tan bien no solo los acontecimientos, sino, sobre todo, los sentimientos desde un referente unívoco. Con la aguda visión de Todd Haynes, el filme es profunda historia de amor vivida desde el contacto visual de sus personajes: dos mujeres que se aman desde el primer momento en que no pudieron eludir el mirarse una a la otra. El tránsito de esa relación amorosa con sus contradicciones, giros y perspectivas, esto es, la huella de esa mirada, se reproduce o extiende en una, otra y muchas más miradas que le dan cuerpo a una historia de ritmo pausado, pero sostenido, de fina progresión dramática, con elegantes formas y cálida pasión. Con Carol, no es herejía alguna recordar el tratamiento que del melodrama hicieron directores como Douglas Sirk, estadounidense de origen alemán, y John M. Stahl, estadounidense de origen soviético. Son fuentes. En fin, Roland Barthes dijo que uno escribe con su cuerpo; pues entonces esta película se narra a sí misma con la mirada de sus personajes (desde el comienzo de la historia hasta su cierre). Para eso, es imprescindible contar con buenas actuaciones, porque si no la película se va a pique. La salvada está en el buen trabajo de las actrices Cate Blanchet y Rooney Mara: sus ópticas de sus propios personajes estructuran con firmeza lo narrativo (épico) y lo sentimental (lírico) de la película. Hay que rescatar el arte del encuadre en Carol, ejemplar, y también la dirección de arte. Arte más arte; aunque hubiese preferido una más esclarecida muestra de la sociedad represiva de los años 50 en Estados Unidos, implacable contra las minorías, que parece resurgir con algunos precandidatos presidenciales de ese país, ¡hoy mismo!

viernes, 29 de enero de 2016

In Memoriam: muere Jacques Rivette a sus 87 años


El credo de Jacques Rivette, fallecido hoy viernes 29 de enero del 2016, a los 87 años de edad, fue siempre romper códigos establecidos, experimentar con el cine y ser conciencia revolucionaria dentro de la también revolucionaria Nouvelle Vague (Nueva Ola francesa). Sus comienzos con el cine fueron los de crítico, desde donde entabló sólida amistad con Jean-Luc Godard, François Truffaut y Claude Chabrol, y devino jefe de redacción de la revista Cahiers du cinéma, alma de dicho movimiento. Luego hizo cine y chocó con las censuras (La religieuse de Diderot). En realidad, fue director elogiado por críticos y estudiosos de cine y no por el público ("su cine es muy lento", decía la audiencia). En el 2010 comenzó a dar síntomas de Alzhéimer, enfermedad que le provocó la muerte. 

domingo, 24 de enero de 2016

"El renacido": su valiosa singularidad: en la suma

Con El renacido (2015), el buen director mexicano Alejandro G. Iñárritu (antes se firmaba González Iñárritu) cumple la difícil tarea de hacer cine comercial, al mejor gusto del Hollywood boletero, sin perder su habilidad y tradición como autor fílmico. En apretado resumen, El renacido (The Revenant) es la historia de una venganza, pero no como represalia mecánica, sino como algo nacido desde los propios sentimientos del sujeto vengador. Por eso, Iñárritu deja la valoración ética del tema en manos del espectador. Ahí nos toca asumir una responsabilidad más allá del final abierto de la película. Así, la trama resulta un viaje hacia el logro de la venganza, tema recurrente en las películas del género del Oeste, pero aquí con tramperos fronterizos como personajes. Desde ahí, evoluciona hacia un drama tan épico como emocional. Eso es lo que mejor logra Iñárritu. Lo obtiene con tres importantes ayudas. En primer lugar, la de ese gran maestro del ojo fotográfico, amo y señor de la paleta de colores, de sombras y luces, que es el mexicano Emmanuel Lubezki. En segundo lugar, está la magnífica puntuación de la música de Ryuichi Sakamoto y Alva Noto, quienes logran darle tensión a la trama, fuerza a las imágenes y pasión a los momentos claves de la historia. Por último, está el importante trabajo de montaje al mando de Stephen Mirrione, quien da el estudiado cálculo de tiempos entre secuencias de acción y la morosidad urgente, sobre todo cuando está en juego la relación de tramperos e indígenas con el ambiente natural apabullante. Servido de esos tres platos, Iñárritu toma el argumento y lo ofrece con tonos épicos, ideas panteístas, intimismo de los personajes, lo atractivo de los paisajes (tan agrestes como bellos) y la acción tan violenta como vital propia de la época. Ahí está la singularidad valiosa de este filme: en la suma orgánica de sus partes. Las actuaciones debieran estar a ese nivel, pero no exactamente por descuido de la dirección de actores. Para quienes gustan de aspectos formales, ojo a los planos-secuencia: son estupendos por inteligentes (son una toma durante cierto tiempo, cámara en movimiento, sin cortes que la interrumpan). Para los sociologistas, vean cómo Iñárritu se permite la defensa de los indígenas: “los blancos nos lo han robado todo”.
Crítica completa en:
http://www.nacion.com/ocio/cine/Critica-The-Revenant-Venganza-trampera_0_1537846305.html

lunes, 18 de enero de 2016

"Joy: El nombre del éxito"... del éxito burgués

La película Joy (2015), dirigida por David O. Russell, es tan monosilábica como su título: ahí no sucede otra cosa más que lo mismo a lo largo de repetido metraje. No dudo al decir que Joy es película del montón, más de mil veces vista con historias semejantes. Lo peor de Joy no es su poca originalidad temática. Total, eso determina en nada la calidad de un filme visto en sí mismo. Lo mediocre es el tratamiento que tiene, al estilo de montaña rusa en un parque de diversiones: de pronto crece como la espuma del jabón, de pronto cae como fruta remadura de un árbol. En otras palabras, se trata de una película inestable con su discurrir narrativo: un “sin-sentido” en el cálculo de los tiempos. Sus imágenes son tan solo funcionales, al revés de lo que debe ser el buen cine. Es inaceptable que las imágenes estén en función de las palabras.De esa manera, la correspondencia entre imágenes y diálogos es incluso redundante. Lo otro es el descuido narrativo en términos estructurales. La película es narrada por la abuelita de Joy, personaje principal. Es un narrador testigo; sin embargo, ¡diantres!, ¡todo lo sabe! Del narrador testigo, sin justificarlo, el guion hace un narrador omnisciente. Y más, la abuelita se muere (perdonen el dato) y sigue narrando lo que le sucede a Joy. ¿Diay? Por último, la moraleja de esta fábula tan manoseada es fácil de suponerla: para cualquier Cenicienta lo mejor es el “sueño americano”: Estados Unidos es la zapatilla que trae príncipes (dólares, en este caso). ¡Golpe bajo!
La crítica completa la encuentran en:
http://www.nacion.com/ocio/cine/Critica-cine-Joy-Cenicienta_0_1537246295.html

domingo, 17 de enero de 2016

"La gran apuesta": crisis del capitalismo en breviario

La gran apuesta
A propósito de Shakespeare, el poeta romántico Coleridge señalaba: “Su humor tiende al desarrollo de lo trágico”. Esta frase nos viene como anillo al dedo a propósito del estreno de un excelente filme, como lo es La gran apuesta (2015, The Big Short), con sagaz dirección de Adam McKay. Al basarse en hechos públicos, es atrayente cómo una película –cuyo final se sabe– pueda mantenernos pendientes a lo largo de su metraje, seducidos no solo por la trama, sino también por la creativa grafía en que esta se plasma en pantalla. Cuando algunos gobiernos y sus instituciones nos distraen con asuntos menores, cuando la prensa aliada de los más poderosos ignora ciertas noticias y cuando solo en los ríos suenan las piedras, ojo, algo serio está por pasar. Por aquí va la película con elegantes formas y con hondura dramática tras su rostro de comedia. Esta película se basa en el libro homónimo de Michael Lewis, sobre la quiebra del sector inmobiliario en Estados Unidos (2008), lo cual originó una profunda crisis económica del capitalismo. La película sorprende bien con sus resoluciones visuales, sus giros argumentales, su ruptura de la cuarta pared (con parlamentos directos al espectador), su sátira explosiva y sus diálogos inteligentes. Excelente película que, como dice el crítico Lucas Rodríguez, resulta cortante drama sobre la ganancia de unos pocos en detrimento de empujar a otros a la pobreza. Las actuaciones son excelentes, de principales a secundarios, y el filme resulta un breviario crítico sobre Wall Street para principiantes (digamos), que no para tontos (es distinto).

lunes, 11 de enero de 2016

"En primera plana": nunca lo perdonaremos: ¡Nunca!

Los hechos: por el 2002, un equipo de reporteros del diario Boston Globe investigó y destapó los escándalos de pederastia cometidos durante mucho tiempo por sacerdotes católicos de Massachussets. No eran casos aislados, qué va, era una red de perversiones sexuales con consecuencias graves para las víctimas. La propia estructura de la arquidiócesis de Boston montó un aparato sólido, en complicidad con abogados sin escrúpulos, para ponerle tapa a esa olla de cochinadas. El manto de silencio fue orquestado por el propio cardenal de dicha diócesis, Bernard Francis Law. Este obispo luego fue obligado a renunciar y Juan Pablo II lo nombró en los dicasterios vaticanos, donde él se protege de los cargos judiciales que lo acusan en Estados Unidos. Sobre eso y sobre las investigaciones del grupo de periodistas llamado Spotlight, del Boston Globe, corre el argumento de la película En primera plana (2015), dirigida con sinceridad y tensión por Thomas McCarthy, quien logra acuñar, imagen tras imagen, un pálpito digno del mejor cine. 
Presencia admirable
del equipo actoral
Se debe alabar el buen manejo de recursos cinematográficos por parte del director para que su filme no sea un simple documento más sobre el tema: esta es una película con vida, capaz de enojarnos a quienes miramos con asombro el descaro eclesiástico para con los niños. Es cine valiente, no hay duda. Sin embargo, es más que eso: es cine inteligente y hace arte con su propuesta: el arte de la indignación. No hay concesiones temáticas y a ello se le suma una escritura fílmica de rigurosa caligrafía, sin perder el rumbo. Eso significa que el filme posee una lograda arquitectura para, sobre todo, privilegiar su autenticidad: ante un tema tan delicado, destaca su honradez conceptual. El mundo del periodismo, desde sus inquietas salas de redacción hasta las entrevistas fuera de ellas, está muy bien delineado: es la mejor glosa del relato. Lo cierto es que el contenido del filme determina cada uno de sus elementos y estos responden bien a esa exigencia. Otro mérito de la dirección. Como testimonio, así queda En primera plana, con una lista final de la gran cantidad de hechos semejantes en otros sitios del mundo: el catolicismo institucional nunca podrá lavarse la cara de esta inhumana versión moderna del “Dejad que los niños vengan a mí”: ¡nunca!

domingo, 3 de enero de 2016

"Primero de Enero": el niño del piano en buen cine

El cine es universal. Eso suele decirse y, en el caso de la película dominicana titulada Primero de Enero (2014), dirigida por la costarricense Érika Bagnarello, dicha frase puede servirnos de consuelo. La directora Bagnarello, también guionista, pensó su película para ser rodada en Costa Rica, pero no encontró puertas ni ventanas que se le abrieran para su proyecto. Se echó a sus espaldas el guion, mochilera de las imágenes, y encontró el apoyo en República Dominicana. Así es cómo su filme Primero de Enero pasó de ser costarricense a ser dominicano. No es de lamentarlo. Érika Bagnarello ha contribuido con su película al pensamiento de José Martí en su ensayo titulado Nuestra América: “Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse”: sin vanidades aldeanas Con dicha película, Érika Bagnarello se impone la tarea de mostrarnos una realidad muy próxima, tal cual, en un medio donde afloran las contradicciones sociales. Lo mejor: lo hace desde la mirada de un niño llamado Sebastián. El divorcio del padre con la madre de Sebastián, genera en el niño el deseo de realizar un acto poco prudente. Esto dará lugar a una trama explosiva en lo emocional que, a la vez, conforma una babélica espiral de acontecimientos, donde bullen por igual la solidaridad y las mezquindades. Lo acontecido en el relato del filme deja huella en sus personajes. Ya se sabe, nadie se baña dos veces en las mismas aguas. Bien diseñados, los personajes han de cambiar con el transcurso de los hechos que ellos mismos propician o generan. Evolucionan. Este es el sustento de la trama, lo mejor de ella. 

Con un piano como pretexto, la historia se agita en sí misma y avanza con arte narrativo (sígnicas y comprometidas maneras), con muchas cosas buenas diseminadas por su amplio territorio narrativo y un decir fílmico capaz de sorprendernos de manera siempre plausible. La película se comporta, pues, como un paquete bien redondeado de imágenes e ideas (lo visual y lo conceptual) y con una estética pasada por la criba de la mejor calidad: es filme que no solo da información, porque también produce distintas sensaciones. Podemos disentir de situaciones resueltas con diálogos apenas funcionales; podemos decir que la música exagera su presencia en el último tercio del filme y que eso nos obliga a cerrar oídos; también podemos señalar que las actuaciones no mantienen el mismo equilibrio. Luego de eso, solo queda aceptar que la calidad general del filme es más que buena y sabe seducirnos. Hay secuencias realmente excelentes: el juego de planos cortos del comienzo del filme, la mostración de personajes, la cámara que indaga lo humano en un botadero de basura, la situación de los haitianos, la búsqueda de autenticidad en su escritura fílmica y el afán de humanismo en su contenido. Érika Bagnarello ya nos había convencido antes con su documental Luces de esperanza (2009). De nuevo lo hace ahora con esta su primera película de ficción. Solo queda que vayamos al cine, no porque la crítica lo diga, es que Primero de Enero y ustedes se lo merecen.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Snoopy y Charlie Brown: a la medida de los sueños

Sencillez y hondura, escribió alguien acerca de la nueva película con los personajes de la historieta titulada en inglés Peanuts (cacahuates o maníes). Por cierto, este nombre le fue dado por un productor en contra del criterio de su autor, el historietista Charles M. Schulz (1922 - 2000). Hondura y sencillez, cierto, y es lo que rebosa el filme Snoopy y Charlie Brown (2015), sensible acierto del cine animado. Podríamos agregar otras virtudes de esta película que, lástima, se alarga sin urgencia narrativa en su último tercio, es como si quisiera encontrar un final que no le llega cuando lo tiene ahí a mano. Entonces, es válido pensar que se alarga y se torna lenta tan solo para cumplir con más tiempo de metraje. Por supuesto que ello afecta el resultado total de la película de manera negativa, pero también es cierto que –a ese momento– se ha dado una aventura muy entretenida, bien narrada, con sus personajes perfectamente diseñados (los sentimos adentro de nuestras pieles) y, con tales personajes, se nos estructura una fábula con sinceras e importantes moralejas. La aventura de Charlie Brown, ese niño tan sentimental y honrado consigo mismo y con los demás, pasa por valores hoy bastante descuidados. Esta película nos habla con fino sentimiento sobre el amor, sobre la importancia de la honradez intelectual, de la ética y de la amistad. También ayuda a valorar el papel de la imaginación con los recreados combates de Snoopy, con su canina casita voladora, frente al llamado Barón Rojo (el bien contra el mal). Humor sobra en estas secuencias. Snoopy y Charlie Brown es filme narrado con bien llevadas situaciones paralelas. Shakespeare escribió en su obra La tempestad: “Nosotros somos esa cosa de la que los sueños están hechos y nuestra vida está rodeada de un sueño”. Frase exacta para medir esta película que debemos recomendar.

sábado, 19 de diciembre de 2015

"Star Wars 7": El despertar de la fuerza: más de lo mismo

Llega Star Wars 7: El despertar de la fuerza (2015) y está claro que es jugadita comercial; sin embargo, también deviene entretenimiento bastante aceptable, con más méritos que deficiencias: un buen “rejuntadito” de lo visto en anteriores filmes de dicha saga. No es el filme extraordinario que sus devotos desean ver y terminan por ver. Para nada. Sin darle vuelta, lo mejor que tiene está en el buen trabajo del director J.J.Abrams, quien también ha tenido buenos resultados con algunas películas de la saga de Viaje a las estrellas (2009 y 2013). Abrams comprende que esta nueva guerra galáctica, si bien es película del género fantástico (ciencia-ficción), es también filme cuya raíz se nutre de las viejas historias de samuráis propias del cine japonés e –igual– de las de caballerías, al estilo de las del ciclo artúrico. De paso, se permitió, con Lawrence Kasdan y Michael Arndt (guionistas), limar las tantas vicisitudes místicas muy al estilo de Tolkien que tenían los filmes anteriores. De esa manera, Star War 7: El despertar de la fuerza apuesta más a la aventura y, ante todo, a la lucha por el poder (con aristas políticas más del presente). Así será mientras no aparezca Yoda: al menos, es de suponerlo. Lo cierto es que es como esas fiestas de graduados de un colegio que se ven años después: hay mucho que recordar y hasta lo deficiente parece bueno, donde se habla de manera fragmentaria de lo mismo, pero narrado como historia pasada por el tiempo. Hasta la música de John Williams se permite recordarnos el tema principal de la saga a cada momento, con el defecto de que su música es un cansado concierto de excesos sinfónicos: él se cree ser la película o lo más importante de ella. Las actuaciones son del todo irregulares: solo Daisy Ridley y Oscar Isaac se han tomado en serio sus personajes, mientras Harrison Ford se preocupa más por el cheque que le darán. El diseño de arte sí es más de lo mismo, como si no hubiese corrido el tiempo, mientras la fotografía se cuida de estar en esas mismas tonalidades. Con todo, lo bueno del filme es cómo procura evadir la monotonía. El trucaje se ve siempre minucioso, pero menos imponente. Lo mejor no está en el final de la película (como dicen algunos), sino en su recorrido. Se puede recomendar.

La crítica completa aparece en
http://www.nacion.com/ocio/cine/Critica-Star-Wars-despertar-fuerza_0_1531046954.html
cualquier publicación de esta crítica debe mencionar dicha fuente.

martes, 15 de diciembre de 2015

"El abrazo de la serpiente": ¡hay hacia donde mirar!

Mientras transcurría el metraje de la exitosa película colombiana El abrazo de la serpiente (2015), pensé en otro referente en apariencia ajeno: el de la novela La vorágine, del también colombiano José Eustasio Rivera, publicada en 1924. Ahora, con sus formidables imágenes en blanco y negro, el director colombiano Ciro Guerra se adentra en esa selva amazónica que se traga a los humanos, los invade de locuras, los hace pagar sus desmanes y donde la fiebre del caucho los esclavizaba. Vorágine. En la película El abrazo de la serpiente no tenemos una selva turística ni idílica, de ahí la renuncia al color que solo se muestra durante breves e importantes minutos: el color como evasión de la realidad. Sin tener el color de la pintura indígena de Carlos Jacanamijoy, de la región selvática de Putumayo, la película sí mantiene esa evocación mágica propia de la cultura autóctona en conflicto con la crueldad practicada, en nombre de su fe, por religiosos venidos de España. El sincretismo cultural es la unidad temática de esta importante película que camina a lomo de dos historias, como dos voces que se entremezclan en una sola, ello gracias a un personaje indígena: Karamakate. Hay dos surcos y una sola siembra. Son surcos visuales bien hilvanados en el filme con logradas transiciones entre ellos. Primero vemos a un indígena que es el último de su estirpe y su encuentro con un científico enfermo; sin embargo, Karamakate es indígena visto desde su misterio interno: ser un “chullachaqui”, especie de cascarón a la deriva que busca el encuentro ancestral. 
Tiempo después, Karamakate, envejecido, recibirá a otro científico, quien busca una planta que enseña a soñar. Este encuentro se unirá de manera umbilical con el anterior de la mejor manera. Hay momento impactantes, pero también el filme languidece a ratos con fallidos tiempos muertos por repetirse a sí mismo con sus conceptos. Los planos largos pueden ser tan exquisitos y significantes, casi siempre, como tediosos en otros momentos. La dirección actoral está bien lograda, sobre todo con quienes encarnan a Karamakate en las dos historias (Antonio Bolívar y Nilbio Torres), mientras la energía fotográfica se apoya bien en música oportuna de distintos rostros. Con mejor compás desde la sala de montaje habría sido filme perfecto; pero igual, es evidencia de que en América Latina hay muy buen cine. ¡Por supuesto que hay a donde mirar para lograr buenos guiones!

miércoles, 9 de diciembre de 2015

"El año más violento": como el "Macbeth" al revés

Si hay algo realmente bueno en la película El año más violento (2014), del excelente guionista y director J.C. Chandor, es ese aire de tragedia shakesperiana que respira a lo largo de su metraje, donde los sucesos se acumulan de manera tensa y pausada. Como paradoja, esa virtud le es también debilidad: se le escapa la excelencia total al filme por no ser consecuente consigo mismo y por llevar el elemento trágico hacia otros personajes, quienes aparecían como secundarios. De esa manera, el determinismo aciago pierde fuerza y la película también. Aún así, El año más violento sugiere que los hilos mafiosos de la corrupción bien pueden pasar del campo de los negocios al de la política. La trama sucede en Nueva York. Corre el año de 1981, que, según las estadísticas, ha sido el año neoyorquino con más crímenes. Es cuando un emigrante hispano, Abel Morales, comienza a triunfar con sus negocios, no tan limpios del todo, pero sin caer en la rudeza de la mafia. Para eso cuenta con la ayuda de su esposa Anna, menos escrupulosa y muy bella. A punto de poner la pieza clave de su dominó, para Abel y Anna comienzan los problemas y el drama. Alguien dijo que esta película es algo así como el Macbeth escrito por Shakespeare, pero al revés: es interesante esa acotación. J.C. Chandor se permite un agudo estudio sobre la avaricia, la competencia, el afán de poder y la relación de pareja como pocas veces se ve en el cine industrial: hay mesura en la tensión y tensión en la mesura. Algo está muy claro con El año más violento y es que mucha de su entereza dramática y de su sentido trágico descansan en las formidables actuaciones de Oscar Isaac y de Jessica Chastain: ¡tremendo tándem actoral! Igual de importante es la dirección de arte para, con la fotografía, componer una época: los años 80. Y si hay algo que sorprende por su exquisitez y sentido de oportunidad, ello es la música de Alex Ebert

martes, 8 de diciembre de 2015

"En el corazón del mar": Melville antes de "Moby Dick"

El gusto por el buen cine. El gusto por la aventura. Ambas condiciones se unen para ofrecerse en una película de buena calidad, capaz de entretener y de sembrar inquietudes en el espectador. Se trata del filme En el corazón del mar (2015), dirigido por Ron Howard. La película mantiene el aire de aventuras propio de la literatura estadounidense de la época de autores como Nathaniel Hawthorne y Herman Melville. El primero es citado en el filme varias veces y el segundo es uno de sus personajes. La anécdota que da lugar a la trama es el hundimiento del buque ballenero Essex, cuando Melville indaga sobre la suerte del Essex para llevarla, según el filme, a la literatura y escribir su Moby Dick. Uno de los sobrevivientes del Essex le relata los terribles acontecimientos, generados por la codicia humana de obtener más y más grasa de las ballenas arponeadas. En esa situación, podemos recordar lo dicho por Miguel de Unamuno: se está en agonía cuando se lucha, pero el combate del hombre en el interior de sí mismo es la agonía más grande. A eso, agreguemos un cachalote inmenso que persigue a sus cazadores y tenemos el “clic” de la película. No hay duda que el director Ron Howard conoce su oficio y logra convertir el guion en excitante película de aventuras, con muy buen diseño de personajes, sobre todo el de los marineros lejos de tierra firme, quienes deben enfrentarse a un descomunal e inteligente cetáceo. Recomiendo En el corazón del mar como cine de aventuras, con filtrado texto ecológico y con agudas reflexiones sobre la conducta humana. Ahí les queda.